quinta-feira, novembro 01, 2007

Poesía a la medida

Poesía a la medida
Antes yo pensaba que la poesía era algo secreto, algo lujoso, íntimo, medio antiguo. Algo casi, casi
É confidencial. Así que sólo la gastaba para los amores o las penas negras. Para paladearla en el silencio de mi habitación, o para bailarla y cantarla en la soledad de mis pensamientos. Me hizo falta un largo recorrido para abrirle las puertas y dejarla correr por el campo a lo loco. Y en ese recorrido de apertura y libertad vi, por suerte, que la risa y el sinsentido caminaban justo al lado de las lágrimas y demás seriedades de la vida. Así que me sentí invadida de nuevo por aquellas coplas de Juanita Reina que me cantaba mi abuela, por las habaneras morenas que tarareaba mi padre, por los cuentos que me explicaba mi madre y por las poesías que me leía el abuelo y que siempre me emocionaban. Digo esto a sabiendas de que hablar de poesía en estos momentos puede parecer algo fuera de lugar, de tiempo, de uso o de moda. Puede parecer un lenguaje de otra era, incluso de otra galaxia. Algo sublime y excelso, o blando, cursi, volátil. Algo tan magníficamente bello, como lejano, inaccesible e impracticable. A pesar de todo, voy a hablar de poesía hoy, porque necesito contar un acontecimiento poético que estoy viviendo y disfrutando estos días en mi clase y que viene a poner en entredicho esas dudas y recelos que, a saber por qué, están presentes, de una u otra forma, en el imaginario colectivo. El primer día de curso les dije a mis alumnos de cinco años que les tenía preparado un regalo, que no era un juguete, ni un caramelo, aunque servía para jugar y daba un poco de dulzor y de emoción. Les dije que lo había hecho pensando en ellos y que se lo podrían llevar a su casa, decirlo, cantarlo y jugarlo de varias maneras. Después de esta extraña presentación, les fui leyendo unos versos, en forma de cuartetas que, efectivamente, había escrito para cada cual y que contenían unas frases que rimaban y traían consigo bromas, sorpresas, e ilusorias aventuras. A la vez que iba leyendo, les iba poniendo al cuello, a modo de condecoraciones, unos medallones de cartulina en los que estaban escritas las poesías rodeadas de unos adornos muy aparentes. Me pidieron que se las volviera a «cantar» y las tuve que leer de nuevo (dos veces másÉ) para regocijo de todos. Al día siguiente varios niños me dijeron que ya se sabían su poesía y salieron a recitarla delante de los demás. Volví a leerles los poemillas con la condición de que al oírlos tenían que intentar representar aquello que decían. Ahí vi a Carla, que cogió un anillo del tesoro que tenemos en clase y un vestido azul de princesa, un poco deteriorado, de la cesta de los disfraces para representar su poesía:

Carla se encontró una fresa
con un anillo sorpresa
y cuando se lo ponía
É en princesa se convertía
A Pablo, que a base de mímica, fue acompañando su poesía entre manotazos y gestos expresivos:

Pablo Martínez
criaba cinco delfines
y cuando hacía calor...
se lo llevaban nadando a Nueva York

A Lúa, que de la risa que le dio no pudo dramatizar nada:
Lúa se encontró un perrito
y lo llamó huevo frito
se lo llevó a ver estrellas
¡pero se quería ir con ellas!

Fue un rato muy divertido. Algunos niños están memorizando las poesías de los amigos y se las dicen unos a otros en plan «dedicatoria». También hacen grupos que salen a recitar juntos, estilo coro griego, las poesías de todos ellos una por una. En el patio vi que unos cuantos niños iban detrás de otro cantándole su poema como en una especie de manifestación. Cuando llegaban a la zona de los pinos repetían la operación con otro niño y otro poema ¡Un juego nuevo!
Han ilustrado los poemas con objetos alusivos que hemos ido recopilando y los resultados, llenos de brillos, joyas, plumas y sugerentes colores, son muy valorados por todo el que los ve. Para la poesía de Carlos había un caballito colgando de un hilo:

Carlos tenía un caballo
lindo como agua de mayo.
un día lo llevó a Estambul
y se le puso el pelaje todo azul

Para la de Mario, unas fotografías de las cataratas de Iguazú:

Mario viajó hasta Iguazú
embarcado en una U.
Al llegar fue a cataratas
saltando de mata en mata.

Los niños ya conocían los ritmos poéticos a través de las nanas, las canciones, los juegos populares, o las poesías que les habían leído sus padres, o mis compañeras en años anteriores. Pero lo que a mí me ha gustado es que les haya «llegado» y les haya hecho gracia este lenguaje poético tan lleno de ellos mismos, tan a su medida, tan entre nosotros, tan caserito. Y no sólo porque las poesías van a ayudarles a estructurar mejor el lenguaje, a pronunciar con más corrección los fonemas, a aumentar su vocabulario, a ejercitar la creatividad, y a apreciar la belleza..., sino porque este entrar juntos en un ambiente «en onda poética» nos va a permitir, espero, compartir una afición, y pasar buenos ratos disfrutando de las historias que contienen los poemas, de sus formas, de su musicalidad. Además de que todo esto facilitará los buenos vínculos entre nosotros, porque como es sabido, la instalación de un lenguaje común favorece el sentido de pertenencia e inclusión en los grupos.
¡Ya me dan ganas de leerles los poemas que tengo seleccionados de mis poetas favoritos!
En cuclillas ordeño
una cabrita y un sueño.
Glu glu glu
hace la leche al caer en el cubo
en el tisú celeste va a amanecer
En cuclillas ordeño una cabrita y un sueñoÉ
Miguel Hernández

Leeremos los poemas que ellos traigan, o los que encontremos por ahí. Leeremos y disfrutaremos con García Lorca, Nicolás Guillén, Gabriel Celaya, Gloria Fuertes y tantos otros poetas. Y estoy prácticamente segura que, como cada año, en un momento dado, les vendrán los deseos de jugar con las palabras y de rimar. De hecho he tenido muchas veces la suerte de escuchar los pareados que van creando mis alumnos. En ocasiones los hacen por el gusto de buscar sonidos semejantes: «Pinocho es un ocho pitimocho». Por nombrar a los amigos: «María la morena sonríe y tiene pena». Por pura diversión: «Me voy a París en un coche gris». Como entretenimiento a la hora de comer: «Si como helado me pongo muy salado». Por el gusto de plasmar un sentimiento: «He inventado una poesía, ¡qué alegría!»...
Una vez estuve en una tertulia literaria en la que se hablaba de que el lenguaje poético no era un lenguaje como los demás, sino que tenía un punto sorprendente, porque encerraba un significado, que sería interpretado de manera individual y que podía «decir» cosas distintas para cada persona, según fuera recibido por el mundo afectivo de cada cual. Se hablaba de que los versos eran como un surco, un camino ordenado, un cobijo al sentir del poeta, que iba sembrando sus vivencias y sus emociones en el hueco recién preparado.
Yo escuchaba, comentaba alguna cosa y, sobre todo, pensaba en los niños. En su gusto por jugar con los ritmos y los significados, en sus probaturas para rimar, en la alegría que sienten al conseguir crear un pareado por sí mismos. En ese «estado poético» que lo invade todo cuando empiezan a captar y disfrutar de la poesía. Porque el lenguaje poético supone soñar, imaginar, revestir de palabras los ensueños, darles formas bonitas, aires hermosos... Poner de largo las palabras de todos los días por el gusto de hacerlo, por jugar, por divertirse, por regalarse el oído, por placer. Es aquello de los trovadores, que iban contando-cantando por las casas, por los pueblos o los caminos, y que unas veces hablaban de la guerra, de la muerte o del amor, y otras de la broma, de la fiesta, del juego o de los mitos. Pero siempre cantaban, o contaban lo más bellamente que podían, como el que da un regalo, como el que actúa un deseo que le proporciona también satisfacciones personales.
Y es que creo que la poesía es un sueño cotidiano y posible. Un sueño que se mueve al lado nuestro, que sonríe, que brinca, que pugna por salir. Un sueño que invito a incluir en nuestras escuelas para que revista de palabras, de musicalidad y de afecto el crecimiento de los niños.
Para que las oiga el niño, las palabras se hacen menudas y sencillas, como un parpadeo de alas de paloma. Para que las baile el niño, las tonadas se vuelven balanceos maternos en el cocherito leré del adentro caliente. Para que las sienta el niño, las canciones se tornan juegos de manos, muecas y risas entre brazos seguros. (M. C. D.)

Mari Carmen Díez Navarro es maestra, psicopedagoga y coordinadora pedagógica de la Escuela Infantil Aire Libre de Alicante.

FONTE: Información - Alicante,Alicante,Spain

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