terça-feira, novembro 06, 2007

El azadón y la poesía

El azadón y la poesía
Un azadón abandonado es tan poético como el paraguas y la máquina de coser sobre una mesa de operar

Por Fernando Tinajero
La cámara enfocó las turbias aguas del río mientras un cielo de plomo parecía caer sobre los árboles y la gente. La voz del reportero hablaba de una crecida, de dos trabajadores de 60 años, de la corriente impetuosa. Con esa voracidad morbosa que parece haberse enseñoreado ya en la conciencia de los reporteros, la cámara perseguía los rostros de la gente, las lágrimas, las manos temblorosas, las entrecortadas palabras de la pena. ¿En qué trabajaba su marido? -sonó una voz que reproducía la misma voracidad del ojo artificial de la cámara. Y la respuesta salió limpia, sencilla, purísima: ‘En azadón’. ¡Trabajaba en azadón! No en la tierra, no en la construcción, no en ninguna de las humildes labores necesarias de las que nace el pan de cada día: no. El hombre trabajaba en azadón y el azadón trabajaba en el hombre: cada uno modificaba al otro diariamente, lo hacía suyo, venía haciéndolo desde hace mucho tiempo. El hombre y el azadón, de tanto trabajar juntos, habían terminado por ser un solo trabajador inseparable. Lo habían sido por muchos años y acaso en ese instante el azadón yacía abandonado en la orilla, esperando inútilmente el regreso de su otra mitad. Pero la otra mitad, arrastrada violentamente por el río, ya no regresará.
Pienso ahora en el espectador que ha visto esa noticia. ¿Alguno fue tocado por ella? ¿La miró indiferente, esperando que llegue la información más amena del deporte? ¿Dijo un “qué horror” convencional, se rió luego de las expresiones de un payaso que hace alguna imagen publicitaria y buscó luego su telenovela preferida? ¿Aprovechó ese momento perdido para contar a su familia algún incidente del día? No sé, no puedo saberlo, y descubro que el contagio de la voracidad morbosa es dolorosamente inevitable: he estado suponiendo lo peor, solo lo peor, bajo el supuesto equivocado de que todos los televidentes tienen el mismo comportamiento frívolo al que nos tiene acostumbrados este mundo impersonal que tomamos equivocadamente como nuestro. ¿Por qué no suponer, entonces, que algunos, al sentir el halo de la muerte como emergiendo de las aguas tumultuosas, no pudieron evitar al mismo tiempo ese imperceptible temblor que sacude el alma cuando da de manos a boca con la poesía? ‘En azadón’, ha dicho la mujer como respuesta a ese curioso extraño que le ha preguntado en qué trabajaba su marido: y ese sobrecogedor laconismo, unido a la imagen de las aguas y a un azadón abandonado, no es menos poético que el azaroso encuentro del famoso paraguas y la máquina de coser sobre una mesa de operar con el que se inició el surrealismo: prueba irrefutable de que la poesía brota de los labios del pueblo, tan espontánea como brotan las flores, pero brota casi siempre para saludar a la vida, al amor, pero también a la muerte.
Al apagar la televisión después de las noticias me he preguntado si no era más importante la última sobre el Gobierno, o alguna que nos hablan de gobiernos lejanos y he pensado que no: nada hay más importante que un azadón abandonado.
FONTE: El Comercio (Ecuador) - Ecuador

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